Tan amplio y protegido abrigo alberga un denso muestrario pictórico que arranca, a la izquierda, con una sucesión de cuatro barras verticales, un cuadrúpedo con apéndice a la altura del morro al modo de cabestro y otra serie de barras verticales y paralelas, tras una figura humana de brazos en asa y el dibujo de un puñal o cepo enmangado. En el centro, una pequeña y realista composición animal da pie a una de las más atrevidas y sugestivas interpretaciones del arte esquemático: un toro visto de perfil, adornado con tres apéndices o haces de ramas sobre sus astas, cruz y ancas, aparece dominado por un varón asido a su cornamenta. Debajo, entre líquenes y musgos, se adivinan dos series de líneas ondulantes y paralelas pendientes de una horizontal superior y tres representaciones solares en torno a ellas, uniendo así elementos de agua y sol en una clara explicación cultual del medio natural. Por último, cuatro figuras humanas de diferente tamaño y sexo, alineadas y enlazadas por las manos, y otra más aislada al borde del abrigo nos conducen al extraño motivo situado en el extremo diestro del abrigo. Esta figura, única en el corpus esquemático peninsular, se articula en torno a la superposición de dos formas triangulares, cuyos vértices concluyen en otras tantas espirales. El motivo descrito es definido como trisceles o trisqueles por los investigadores, quienes siempre lo han relacionado con figuraciones similares aparecidas en objetos metálicos y cerámicos de la Primera Edad del Hierro, lo que sin duda es una apreciación cronológica final válida para estas manifestaciones artísticas.
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